Miguel Núñez • 1 mayo, 2020
Afirmar que Dios no tiene nada que ver con el coronavirus no es una postura neutral ni humilde: es una negación práctica de quién es Dios. Si Dios no tiene que ver con una pandemia global, entonces tampoco tiene que ver con nada de lo que ocurre en el mundo, y eso lo convertiría en un ser que simplemente reacciona ante las circunstancias, aprendiendo y adaptándose sobre la marcha. Eso no es el Dios de las Escrituras.
La soberanía y la providencia de Dios no son conceptos exclusivamente cristianos. El pastor Miguel Núñez señala que los teólogos ortodoxos del judaísmo, el islam y el cristianismo han sostenido históricamente que Dios conoce desde la eternidad todo lo que va a acontecer y que ha orquestado —activa o pasivamente— cada evento. La razón es sencilla: para que Dios sea realmente Dios, no puede haber nada fuera de su control. Un ser que aprende, crece y mejora a partir de lo que le ocurre no es un creador, es una criatura.
Esta idea tiene nombre: teología abierta. Aunque ganó cierta popularidad en años recientes, su raíz es antigua, y su error es profundo: le quita a Dios sus atributos esenciales —omnisciencia, omnipotencia, sabiduría infinita— para dejarlo como un administrador que improvisa. El pastor Núñez lo ilustra con algo tan cotidiano como un accidente de tránsito: Dios tiene que ver incluso con eso, pudo haberlo evitado, y si no lo hizo, dio su permiso.
El coronavirus no escapó del control de Dios. Él tenía el poder de evitarlo, tiene el poder de detenerlo, y terminará cuando Él lo decida. Discutir el propósito específico detrás de la pandemia es legítimo, pero su relación con la soberanía divina no está en debate.