Miguel Núñez • 24 abril, 2020
La Iglesia no está simplemente atravesando una temporada difícil: está bajo disciplina. Esa es la afirmación central que el pastor Miguel Núñez sostiene en esta breve pero directa enseñanza, ofrecida en el contexto de la pandemia. La incapacidad de hacer lo que Dios ha mandado —evangelizar, discipular, aconsejar, hospedar, visitar a las viudas, a los enfermos, a los huérfanos y a los presos— no es un inconveniente logístico. Es una señal de que algo más profundo está ocurriendo.
El pastor Núñez señala que visitar las cárceles en el Nuevo Testamento no era simplemente un ministerio de misiones, sino una respuesta concreta a hermanos encarcelados por su fe. Hoy, aunque las cárceles se visitan como campo misionero, tampoco eso ha sido posible. La lista de lo que la Iglesia no ha podido hacer es larga, y esa limitación no debe pasarse por alto ni normalizarse.
Lo más urgente, sin embargo, no es la restricción misma, sino lo que viene después. Si la Iglesia sale de esta pandemia exactamente igual a como entró —sin cambios reales, sin regreso genuino a Dios— entonces vendrá algo mayor. El pastor Núñez lo dice sin rodeos: conociendo el registro bíblico, puede afirmarlo con confianza aunque sin pretender ser Dios. La disciplina tiene un propósito, y ese propósito es el regreso.
Ese regreso es necesario tanto a nivel personal como institucional. Esta enseñanza complementa una respuesta anterior sobre el mismo tema, y juntas forman un llamado claro: no desperdiciar lo que Dios está haciendo en este tiempo.