Miguel Núñez • 25 enero, 2017
La Reforma Protestante no fue, en su esencia, un movimiento de ruptura eclesiástica. Su importancia más profunda radica en algo mucho más vital: rescató el Evangelio. Durante casi diez siglos —desde aproximadamente el siglo V hasta el XV— la iglesia y la sociedad vivieron en oscuridad espiritual, porque la luz verdadera, que es el Evangelio, había sido sepultada. De ahí nació aquella frase que resume todo un período histórico: después de la oscuridad, luz. Sin Evangelio no hay salvación posible, solo condenación. Eso es lo que la Reforma devolvió al centro de la fe cristiana.
Pero la Reforma hizo algo más. Puso a Dios en su lugar y puso al hombre en su lugar. Nos enseñó que la vida, el universo, la Biblia y toda la existencia son teocéntricos: el hombre fue creado para la gloria de Dios, no al revés. Esta verdad contrasta directamente con la tendencia que persiste hasta hoy, especialmente en Latinoamérica, donde la predicación y la vida de iglesia giran con demasiada frecuencia alrededor del bienestar humano. Lo que la Reforma afirmó es que cuando Dios es verdaderamente glorificado, el hombre es bendecido —y esas dos realidades no pueden separarse.
Esta visión teocéntrica transforma todo. Cambia la manera de trabajar, porque el trabajo deja de ser solo un medio para ganar un salario y se convierte en un espacio para glorificar a Dios. Cambia incluso la manera de entender la ciencia, que pasa a ser el descubrimiento de la sabiduría divina y, por tanto, debe moverse dentro de límites éticos. En definitiva, la Reforma nos entregó una cosmovisión bíblica del mundo que nos permite vivir no solo como creyentes dentro de la iglesia, sino como ciudadanos del mundo llamados a ser luz y sal donde Dios nos ha puesto.