Miguel Núñez • 4 abril, 2018
La soberanía de Dios y la oración del creyente no se contradicen: se entrelazan de una manera que pocos pueden explicar con precisión, pero que la Palabra de Dios deja suficientemente clara para que el cristiano viva con confianza. Nada ocurre fuera del gobierno de Dios —ni siquiera la entrada de la serpiente al jardín del Edén— y al mismo tiempo, Dios ha decidido soberanamente que ciertas bendiciones lleguen a nosotros únicamente a través de la oración. Santiago lo dice sin rodeos: "no tenéis porque no pedís." Eso significa que hay cosas que Dios quiere darnos, pero que ha vinculado a que nosotros las pidamos.
Lo que hace aún más profundo este misterio es que muchas veces es el propio Dios quien pone en nosotros el deseo de pedir aquello que ya tiene intención de darnos. No se trata solo de recibir la bendición, sino de recibirla de una manera que fortalezca nuestra confianza en Él y profundice nuestra relación con Él. La oración se convierte así en el camino por el cual Dios nos conduce hacia lo que ya preparó para nosotros.
Para ilustrarlo, el pastor Miguel Núñez recurre a dos imágenes familiares: la de unos padres que van sembrando en su hijo pequeño el deseo de pedir exactamente la bicicleta azul que ya pensaban regalarle, y la de un padre que guía a su niño de dos años hacia el huevo que él mismo escondió, dejándole creer que lo está descubriendo solo. Así obra Dios: nos conduce, nos pone el querer, nos lleva de la mano, y cuando finalmente recibimos lo pedido, nuestra respuesta natural es maravillarnos de su bondad y querer acercarnos más a Él. Eso, precisamente, era lo que Él buscaba desde el principio.