Miguel Núñez • 7 febrero, 2017
La salvación no es algo que el creyente se gana; es algo que se le carga a su cuenta. Esa es la diferencia fundamental entre la enseñanza bíblica y lo que Roma ha sostenido históricamente sobre cómo una persona llega a ser justificada delante de Dios. Entender esto no es un asunto menor: determina si la seguridad de la salvación descansa sobre Cristo o sobre el propio pecador.
Para que esa salvación fuera posible, Cristo hizo tres cosas. Primero, vivió una vida de perfecta obediencia a la ley de Dios, algo que ni Adán pudo lograr, acumulando así méritos que pueden ser cargados a la cuenta del creyente. Segundo, fue a la cruz y murió en nuestro lugar: en ese momento, los pecados de los suyos le fueron imputados a Él, y por eso recibió el castigo que le correspondía al pecador. Tercero, resucitó al tercer día, demostrando que había vencido el pecado y la muerte, y garantizando todas las promesas de salvación.
Cuando alguien abraza a Cristo como Señor y Salvador, depositando su fe en Él de manera exclusiva, ocurre algo asombroso: Dios le imputa —es decir, le carga a su cuenta— la santidad del carácter de Cristo. Desde ese momento, Dios mira al creyente como si hubiera vivido la vida perfecta de Cristo, aunque no lo haya hecho. Es un movimiento en doble dirección: así como Cristo fue tratado en la cruz como si hubiera vivido la vida del pecador, el pecador es tratado como si hubiera vivido la vida de Cristo.
Eso contrasta directamente con la enseñanza de Roma, donde el carácter moral que permite entrar al cielo es una santidad que el creyente debe ganarse a través de sus propias obras y su manera de vivir. La diferencia es clara: una justicia es imputada, la otra es fabricada por el mismo pecador.