Miguel Núñez • 19 mayo, 2020
Cuando Santiago nos llama a tener por sumo gozo las pruebas y tribulaciones, no nos está pidiendo que fingamos que el dolor no existe. Esa distinción es fundamental: no dice que las circunstancias dolorosas son gozosas en sí mismas, sino que debemos tenerlas por gozo. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas. Perder a un ser querido en medio de una pandemia es devastador, y nadie puede honestamente decir que eso es gozoso. Lo que Santiago propone es algo más profundo y más exigente: una decisión deliberada de buscar el gozo de Cristo en medio del dolor.
¿Cómo se hace eso en la práctica? A través de la meditación y la reflexión. Se puede encontrar gozo en la presencia consoladora del Espíritu Santo, que es llamado precisamente el Consolador. Se puede encontrar gozo en los años compartidos con un ser querido, en su influencia formadora, en el hecho de que murió creyendo. Se puede encontrar gozo en poder consolar a otros con el mismo consuelo que uno ha recibido, como enseña Pablo en 2 Corintios 1. El gozo no nace de ignorar la pérdida, sino de descubrir propósito, sentido y presencia divina en medio de ella.
El modelo más claro de esto es Cristo mismo. El autor de Hebreos dice que Jesús soportó la cruz por el gozo puesto delante de Él. La cruz no era gozosa —lo angustió, lo hizo llorar— pero Él la consideró valedera porque sus frutos serían eternos y gloriosos para millones de personas. Ese mismo principio es el que Santiago quiere que apliquemos: mirar más allá del momento doloroso hacia los propósitos eternos de Dios, y desde ahí seguir adelante.