Miguel Núñez • 12 mayo, 2020
El desánimo puede visitar el corazón de un creyente sin que su fe esté fallando. Esa tensión es real, y lejos de ignorarla o simplificarla, merece ser entendida desde sus raíces. No existe una única causa para el desaliento espiritual, y reconocer esa diversidad es ya el primer paso hacia la salida.
Algunas causas son más inesperadas que otras. El pastor Núñez, hablando desde su formación médica, señala que una enfermedad no diagnosticada puede manifestarse primero como cansancio y falta de ánimo. Luego están las causas más espirituales: no alimentarse de la Palabra, no crecer, sentirse estancado. El pastor comparte que su propio ánimo se sostiene, semana a semana, al preparar clases y sermones y ver fruto en ese proceso, como quien va al gimnasio y se motiva al ver sus músculos desarrollarse. El aislamiento de la comunidad cristiana también apaga el alma, porque el calor humano y la verdad hablada por otros tienen poder para sacar al creyente de la apatía. Las decepciones relacionales, el pecado no confesado y el peso de circunstancias difíciles son otras puertas por las que entra el desánimo.
Pero hay una causa que suele pasarse por alto: la guerra espiritual. Efesios 6 recuerda que la lucha no es contra carne ni sangre. El enemigo tiene la habilidad de poner pensamientos que contradicen lo que Dios ya ha revelado, transformando la imagen de un hijo perdonado y habitado por el Espíritu en la de un derrotado sin esperanza.
La respuesta no es rendirse sino buscar refugio, pedir refuerzo del cielo y volver a mirar lo que espera adelante. Como quien soportó la cruz por el gozo puesto delante de Él, también el creyente puede sostenerse en lo que aún le espera.