Miguel Núñez • 6 abril, 2018
La ausencia del padre en el hogar no es un detalle menor: afecta profundamente la seguridad, la autoestima y la capacidad de recibir amor de un hijo o una hija. Dios diseñó el matrimonio de manera que tanto el padre como la madre reflejen cualidades distintas de su carácter. La ternura de la madre y el liderazgo firme del padre no son intercambiables; juntos ofrecen una imagen más completa de quién es Dios. Cuando una de esas dos presencias falta, el daño es real y tiene consecuencias que van mucho más allá del hogar.
Los estudios revelan algo significativo: la niña suele acudir a la madre en busca de amor, pero al padre en busca de afirmación. Sentirse llamada bonita, escuchar que el padre está orgulloso de ella, saber que su presencia le importa a alguien, todo eso forma su sentido de valor. Cuando ese padre está ausente —física o emocionalmente—, o cuando es áspero e hiriente, la niña comienza a creer que no vale, que da lo mismo que exista o no. Y lo que es aún más serio: esa distorsión de la figura paterna termina afectando también la manera en que ella se relaciona con Dios.
La buena noticia es que Dios puede sanar todo lo que fue dañado. Pero esa sanidad no llega automáticamente con la conversión; es el fruto de una relación sostenida de intimidad con Él. El pastor Núñez señala que Juan 4 revela algo hermoso: Dios busca adoradores no porque Él los necesite, sino para devolverles a ellos todo lo que se perdió en la caída. Mantenerse lejos de Dios, o seguir viéndose como víctima sin acercarse a Él, impide que esa restauración ocurra. La sanidad está disponible, pero se recibe en la cercanía.