Miguel Núñez • 10 enero, 2017
La idea de que todas las religiones conducen al mismo Dios es una de las más populares en nuestra cultura, pero su popularidad no la hace verdadera. La gente la abraza no porque existan evidencias que la respalden, sino porque resulta conveniente: si todos los caminos llevan al mismo lugar, nadie tiene que cuestionar ni cambiar lo que ya cree. Sin embargo, esa conveniencia no resiste un análisis honesto.
Cuando se examinan las grandes religiones del mundo —el islam, el cristianismo, el budismo, el hinduismo— las diferencias no son superficiales ni secundarias. Difieren profundamente en cómo conciben a Dios, en su visión del ser humano, en lo que entienden por pecado, en su concepto del bien y del mal, y en lo que esperan como destino final. Sostener que sistemas tan distintos llevan al mismo lugar es tan ilógico como afirmar que salir hacia el norte, el sur, el este y el oeste te llevará siempre al mismo destino. El pastor Núñez señala que el hinduismo, por ejemplo, disuelve la diferencia entre Dios y el ser humano al presentarlos como partes de una misma realidad llamada Brahma, generando contradicciones internas insalvables. Y el budismo, en muchas de sus formas, ni siquiera reconoce la existencia de un Dios personal.
El cristianismo responde de manera radicalmente diferente. Dios es tres personas en un solo ser, se ha revelado a sí mismo, y los seres humanos son criaturas hechas a su imagen. El problema central del hombre no es la ignorancia ni el egoísmo, sino el pecado, y la solución no es una práctica espiritual sino una persona: Jesucristo, quien se encarnó, murió en la cruz pagando lo que nos condenaba, y ofrece vida eterna. Él no es uno de muchos caminos; es el camino que lleva al hombre desde donde está hasta donde Dios quiere que esté.