Miguel Núñez • 11 abril, 2018
La misa por los difuntos y el servicio memorial evangélico parecen prácticas similares a simple vista, pero responden a concepciones completamente distintas de lo que ocurre después de la muerte. La Iglesia Católica celebra misas por sus muertos —no solo durante los primeros nueve días, sino también en aniversarios— porque sostiene que los vivos pueden contribuir a la salida de un alma del purgatorio: a través de oraciones, misas, visitas a reliquias y ofrendas económicas. La Palabra de Dios, sin embargo, no habla de purgatorio. Lo que enseña con claridad es que el hombre muere una sola vez y luego enfrenta el juicio; no existe un lugar intermedio donde se paguen pecados que quedaron pendientes. La salvación es completa o no lo es.
El memorial evangélico, en cambio, no tiene ninguna pretensión de influir en la eternidad del difunto. Como su nombre lo indica, es simplemente eso: una memoria. Una ocasión para que familiares y hermanos se reúnan, expresen su dolor y recuerden a quien partió. No hay mérito, no hay ritual salvífico, no hay transacción espiritual de ningún tipo.
Dicho esto, el pastor Núñez señala con honestidad que muchos de estos memoriales terminan siendo vacíos: la gente ya expresó su pésame en la funeraria, y a veces ni siquiera existe una vida de iglesia que recordar. El verdadero propósito de un memorial se cumple cuando se celebra la vida de alguien que vivió en la congregación, que dio testimonio de Cristo, que ejerció sus dones y amó a los hermanos. En ese caso, el memorial no habla del difunto, sino de la obra de Dios en él. Si eso no existe, no es pecado hacerlo, pero tampoco se está cumpliendo un propósito verdadero.