Miguel Núñez • 15 marzo, 2018
Las cartas a las siete iglesias del Apocalipsis fueron escritas a congregaciones reales que existieron en Asia Menor, la región que hoy conocemos como Turquía. Tenían nombres concretos, historias propias y problemas específicos que Cristo mismo les señaló al inspeccionarlas. Sin embargo, esto no agota su significado ni limita su alcance. La gran mayoría de los estudiosos reconoce que estas iglesias, siendo históricas y particulares, también representan tipos de congregaciones que han existido a lo largo de los dos mil años de historia de la iglesia.
Cada carta revela una condición espiritual que se repite en cada generación. La iglesia de Éfeso era doctrinalmente sólida, capaz de desenmascarar falsos apóstoles, pero había perdido su primer amor. Cristo le aplaudía el rigor, pero le advertía que había convertido la doctrina en su verdadero objeto de adoración, desplazando a Cristo mismo. La iglesia de Laodicea, por su parte, no era fría ni caliente: tenía un pie en el mundo y otro en el reino, generando una confusión peligrosa para todos los que la observaban. A esa iglesia Cristo le anuncia que la vomitará de su boca. La iglesia de Sardis, en cambio, tenía fama de estar viva, pero en realidad estaba muerta.
Lo que hace estas cartas tan urgentes es que no solo describen iglesias del pasado, sino que también interpelan a creyentes individuales hoy. El pastor Núñez señala que cuando muchos cristianos tibios, doctrinalmente fríos o espiritualmente muertos se congregan juntos, forman exactamente esas iglesias que Cristo reprendió. El diagnóstico comienza en cada persona, y por eso estas cartas siguen siendo una advertencia viva para la iglesia de cualquier época.