Miguel Núñez • 27 enero, 2017
Entre el catolicismo romano y el evangelicalismo bíblico no hay simplemente diferencias de forma o tradición: hay diferencias de fondo que tocan lo más esencial de la fe cristiana. La pregunta más decisiva no es cuántos rituales separan a ambas tradiciones, sino quién ocupa el centro: ¿Cristo solo, o Cristo más otras cosas?
Esa es precisamente la distinción que el pastor Miguel Núñez propone como punto de partida. Mientras el cristianismo bíblico ortodoxo afirma que Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres, la Iglesia Católica incorpora otros intermediarios: María, los ángeles, los santos y aun los seres queridos fallecidos. A eso se suma la cuestión de la autoridad: para el evangelicalismo, la Escritura es la única fuente de verdad; para Roma, la Biblia comparte autoridad de manera igualitaria con la tradición eclesiástica y las enseñanzas del clero, algo que el pastor Núñez califica con pesar como herejía.
Las diferencias también se expresan en la práctica. La doctrina católica de la transustanciación enseña que el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo durante la misa, la cual se entiende además como un nuevo sacrificio de Jesús. Para el creyente evangélico, la Santa Cena es un memorial: el pan sigue siendo pan y el vino sigue siendo vino, porque el sacrificio de Cristo fue único, consumado y suficiente. Del mismo modo, la confesión ante un sacerdote que declara la absolución contrasta con la convicción de que solo Dios puede perdonar pecados, y que Cristo mismo es ese único mediador.
Finalmente, la adoración rendida a la Virgen, a los santos y a imágenes constituye, desde esta perspectiva, una forma de idolatría que se aparta gravemente de la enseñanza bíblica. No se trata de hostilidad hacia las personas, sino de una diferencia teológica profunda que merece ser nombrada con claridad y con respeto.