Miguel Núñez • 3 febrero, 2017
La frase "libre albedrío" no aparece en la Biblia. Es una construcción humana, y sin embargo casi todos llegamos a la vida dando por sentado que lo tenemos: nos levantamos cuando queremos, comemos lo que queremos, decidimos cómo pasar el día. Esa experiencia cotidiana parece confirmar que somos completamente libres. Pero la pregunta real no es si el hombre toma decisiones, sino si esas decisiones nacen de una voluntad verdaderamente libre.
Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, y eso incluía una voluntad libre. Adán y Eva la tenían. Pero Génesis 3 lo cambia todo: cuando el hombre pecó, no fue Dios quien le arrebató esa libertad, sino el propio hombre quien la entregó. Desde ese momento, la voluntad quedó esclavizada al pecado. Pablo lo confiesa en carne propia cuando dice que es "esclavo vendido al pecado". Y en su segunda carta a Timoteo, capítulos 2 al 25-26, describe cómo Satanás tiene a los hombres cautivos para hacer su voluntad, de la cual solo el arrepentimiento y el evangelio pueden liberarlos.
Siguiendo la definición de Jonathan Edwards, el pastor Núñez señala que el hombre sí hace siempre lo que naturalmente desea hacer, y en ese sentido tiene libre albedrío. El problema es que lo que naturalmente desea es el pecado. Incluso el creyente regenerado, cada vez que peca, elige su pecado por encima de Dios, evidenciando los rasgos remanentes de aquella antigua esclavitud.
Solo Cristo puede restaurar esa libertad. Por eso la Escritura afirma que al que el Hijo del Hombre hace libre, es verdaderamente libre. La salvación no es el hombre eligiendo a Dios desde su naturaleza caída, sino Dios irrumpiendo en esa esclavitud para traer al hombre a una libertad real y duradera.