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Una vida verdaderamente abundante

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“Y te humilló, y te dejó tener hambre, y te alimentó con el maná que no conocías, ni tus padres habían conocido, para hacerte entender que el hombre no solo vive de pan, sino que vive de todo lo que procede de la boca del SEÑOR”
(Deuteronomio 8:3)

En nuestros días es común ver a las personas compartir sus riquezas públicamente. Las redes sociales se han encargado de proveernos un nuevo grado de tentación, que nos incita a anhelar la abundancia. Vemos el carro, la casa, la ropa y los disfrutes de los demás como algo que debemos alcanzar. Incluso, y aún más penoso, es que existen Iglesias y “profetas” que falsamente nos hacen creer que Dios quiere y puede darnos este tipo de abundancia. Pero nada está más lejos de lo que Dios en Su Palabra nos enseña.

Jesús también vivió este tipo de tentación. Obviamente, no a través de la Internet, pero sí más fuerte. Satanás lo tentó directamente durante 40 días, mostrándole todo lo que podía tener si tan solo se negaba a sí mismo (Mateo 4:1-11). Pero Él nunca cayó. Es curioso que los reyes anteriores (incluyendo al gran David), sucumbieron a la tentación. Pero este nuevo rey, el Rey de reyes, comenzó su ministerio demostrando a Satanás que sus días estaban contados. Cristo decidió obedecer a pesar de las circunstancias y del costo. La respuesta de Jesús a Satanás fue precisamente lo que Moisés había dicho al pueblo judío que le era necesario entender en este mismo desierto: “el hombre no sólo vive de pan, sino que vive de todo lo que procede de la boca del SEÑOR” (Deuteronomio 8:3).

Mientras escribo estas palabras, me surge la siguiente pregunta para mí misma: ¿estoy enfocada en las verdades bíblicas que han salido de la boca del Señor? O, ¿será que al igual que el pueblo judío me enfoco más en lo terrenal? Debo confesar, que definitivamente mi corazón se inclina un poco más a lo segundo. En ocasiones mis ojos se deslumbran ante muchas cosas que el mundo ofrece, y el tener anhelos insatisfechos hace desviar la mirada y fijarlos en las cosas que se desvanecen.

El problema, mi amada hermana que me lees, es nuestra mente. Nuestra mente entenebrecida, que se llena de contenido basura y desecha lo que dice Su Palabra (Efesios 2:3). “PERO DIOS…” (Efesios 2:4-7).  En Su perfecto plan envió a Su Hijo a librarnos de la ira de Dios, a despojarnos del pecado y a instituir un nuevo pacto en el que podemos confiar en Él ciegamente, sabiendo que, al hacerlo, Él quiere y nos da mucho más de lo que nuestra mente finita nos permite desear o soñar.

En Deuteronomio 8:3, leemos que lo que verdaderamente necesitamos para vivir es TODO lo que procede de la boca de Dios. Y eso lo hallamos únicamente en Su Palabra. ¿Te has detenido a pensar que Él, amorosamente, nos dejó Sus Preceptos para que pudiéramos vivir plena y satisfactoriamente? ¡Es glorioso! Hermoso es, que, a pesar de ser Sus enemigas, Él decidiera dejarnos exactamente TODO lo que sale de Su boca para transformar nuestras mentes, de manera que podamos recibir abundantemente lo que Él desea darnos.

Y no, con esto no quiero decir que si pides riquezas, salud o una pareja, Dios te la concederá. Tampoco quiero exponer en estas líneas que Él no pueda hacerlo. Lo que sí te puedo asegurar es que en Jesús tenemos la garantía de que Dios nos dará lo mejor, porque Él obra desde Su gran amor, gracia y misericordia. La vida abundante que encontramos en Jesús (Juan 10:10b), es una de satisfacción y contentamiento pleno en Él. Por eso mi hermana ¡el gozo que experimentamos al creer esta verdad es eterno! No desperdicies tu tiempo buscando abundancia pasajera y falsa en cisternas rotas (Jeremías 2:13; Juan 4:14).

Una vida verdaderamente abundante la tendrás cuando tu mente sea transformada a través de Su Palabra. Cuando tu oración genuina sea: “¡hágase Tu voluntad!”. Cuando reconozcas que no recibirás nunca nada malo de parte de un Dios bueno. Así, mi hermana, estarás alineada a Su Voluntad y vivirás segura de que la vida abundante de este lado del sol se encuentra en conocerle, servirle y vivir para Su gloria.

Si quieres vivir esa vida abundante, lo que verdaderamente necesitas es conocer al Dios que adoras. ¡Lo que necesitas es leer tu Biblia, creer en ella, meditarla y vivirla!

“Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe”
(Hebreos 12:2)