Miguel Núñez • 31 octubre, 2017
Fuimos creados para reflejar la gloria de Dios, y sin embargo esa gloria ha desaparecido casi por completo de los púlpitos latinoamericanos de hoy. Esa es la tensión que plantea esta tesis final: la iglesia predica a un Dios pequeño, liviano, que no condena ni sorprende a nadie. Los predicadores lucen grandes y Dios luce pequeño. Como señala David Wells, la gloria de Dios ha partido de la mente y del corazón de muchos creyentes, y al Dios de esta generación le hace falta peso.
Esta realidad tiene un nombre y una historia. Richard Niebuhr la describió con precisión al hablar del liberalismo teológico: un Dios sin ira que llevó a hombres sin pecado a un reino sin juicio a través de la administración de un Cristo sin cruz. Es un evangelio vaciado de su contenido, incapaz de transformar porque ha perdido la seriedad de lo que está en juego. Cuando se pierde la gloria de Dios, se pierde todo lo demás.
Pero el evangelio verdadero apunta en la dirección opuesta. Dios salvó a su pueblo a través de la cruz de Cristo para su gloria, no para el entretenimiento ni el bienestar del ser humano. El Padre eligió, el Hijo justificó y el Espíritu santifica, todo para la alabanza de su gloria. El Salmo 115:1 lo resume con claridad: no a nosotros, sino a su nombre sea dada la gloria.
Esta tesis número 95 cierra con una oración y un llamado: que Dios use este proyecto para traer reforma y avivamiento a la región, que la gloria de Dios ocupe el centro de la historia de la iglesia latinoamericana, y que el evangelio se haga viral a través de creyentes equipados y enviados por sus iglesias locales. Soli Deo Gloria.