Miguel Núñez • 27 octubre, 2023
Hablar del evangelio no es lo mismo que ser transformado por él. Esa es la tensión que abre esta tesis: en tiempos en que tantos predican y escriben sobre el evangelio, muchos de quienes lo proclaman no muestran en sus vidas la transformación que ese mismo evangelio produce. El evangelio tiene poder para salvar, pero esa misma verdad tiene poder para santificar. Y cuando no hay santificación visible, algo está fallando en la comprensión o en la recepción de lo que se dice creer.
La transformación comienza cuando el creyente profundiza su entendimiento de lo que Cristo hizo: que se despojó de su gloria, se hizo hombre, asumió la condición de siervo y murió en la cruz. Cuanto más el creyente comprende esa gracia, más se renueva su manera de pensar, y esa mente renovada da forma a un carácter genuinamente distinto. El resultado es lo que las Escrituras llaman el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio. No es el fruto del esfuerzo humano ni de la disciplina personal, sino la obra del Espíritu de Dios en quien ha llegado a entender verdaderamente su Palabra.
Este fruto, además, no es solo para el bien del creyente. Adorna y decora la doctrina cristiana, haciéndola altamente atractiva para quienes aún no conocen a Cristo. La vida transformada es uno de los testimonios más poderosos ante el mundo incrédulo.
El pastor Núñez cierra con un llamado directo: examina tu vida a la luz del fruto del Espíritu. Si ese fruto no está presente, arrepiéntete, habla con Dios y pídele que lo que conoces llegue a transformar verdaderamente lo que eres, para su gloria.