Miguel Núñez • 27 octubre, 2023
La vida cristiana auténtica no se mide principalmente por el conocimiento acumulado ni por las habilidades adquiridas, sino por el desarrollo del carácter piadoso. Esta es la línea que recorre las Escrituras de principio a fin, y es la convicción central que esta tesis número 24 pone sobre la mesa para la iglesia latinoamericana de hoy.
Desde el Antiguo Testamento, esta prioridad queda en evidencia. Ya en el libro del Éxodo, Jetro aconseja a Moisés que seleccione líderes con un perfil muy específico: hombres capaces, temerosos de Dios, veraces y que no codiciaran ganancias deshonestas. No bastaba con ser competente; el carácter era el criterio fundamental. Esa misma lógica reaparece en el Nuevo Testamento cuando Pablo escribe a Timoteo en 2 Timoteo 2:2, encargándole que transmita lo aprendido a hombres fieles e idóneos para enseñar a otros. La fidelidad precede a la capacidad.
Hay una verdad que detiene: lo que la gente escucha tiende a quedarse en la memoria, pero lo que la gente ve es lo que realmente transforma. Por eso no es suficiente predicar o enseñar; es necesario modelar con la vida lo que se proclama con la boca. El testimonio visible del creyente tiene un poder que las palabras solas no pueden alcanzar.
La santidad no es una opción entre muchas para quien desea relacionarse con Dios. La Palabra es llamada santa, Jerusalén es llamada santa, los profetas son llamados santos, y los hijos de Dios son llamados santos. Dios no se relaciona con nada que no lleve la marca de su carácter. Esa es la llamada que la iglesia de hoy necesita escuchar con urgencia renovada.