Miguel Núñez • 27 octubre, 2023
Si la iglesia latinoamericana quiere ser verdaderamente relevante en nuestros días, no necesita estrategias nuevas ni mensajes más atractivos — necesita recobrar el Evangelio. Esta es la convicción central de la tesis número 90 de la serie 95 tesis para la iglesia de hoy: el poder de Dios no radica en ningún otro mensaje sino en el Evangelio mismo, y es ese mensaje el que tiene la capacidad de transformar vidas, familias, naciones y continentes enteros.
Para ilustrarlo, se recurre a dos figuras que conocieron ese poder de manera personal y radical. Martín Lutero, después de meditar día y noche en las Escrituras, llegó a comprender que la justicia de Dios no es una exigencia que aplasta sino un regalo que libera al que cree. Sus propias palabras lo dicen mejor que cualquier explicación: sintió como si hubiese nacido de nuevo y como si hubiese entrado al paraíso mismo por puertas abiertas de par en par. Un solo día, un solo pasaje, y Lutero fue transformado profundamente — y con él, el rostro de Europa entera cambió tras la Reforma.
El apóstol Pablo recorrió ese mismo camino. De perseguidor a perseguido, pudo escribir con plena convicción en Romanos 1.16 que el Evangelio es el poder de Dios para salvación. Tanto Pablo como Lutero trastornaron el mundo porque portaron un mensaje que no era suyo, sino el del Dios que lo había dado.
Ese mismo Evangelio sigue siendo poder hoy. Ningún otro mensaje puede transformar al ser humano, porque ningún otro mensaje lleva consigo el poder del Dios vivo.