Miguel Núñez • 10 marzo, 2016
Creer que hablar de algo negativo aumenta el riesgo de que suceda no es una práctica espiritual ni una forma de fe: es superstición. Esta creencia, ampliamente extendida en la iglesia evangélica latinoamericana de hoy, no tiene ningún fundamento en la Palabra de Dios ni en la historia de la iglesia. Sin embargo, ha logrado arraigar profundamente en la vida de muchos creyentes, al punto de paralizar su oración y romper su comunión con otros hermanos.
El daño concreto de esta superstición se ve en dos áreas fundamentales. Primero, en la vida de oración: hay creyentes que se sienten intimidados para orar en voz alta contra una enfermedad, una catástrofe o cualquier situación difícil, porque temen que pronunciar esas palabras atraiga sobre ellos aquello que mencionan. Segundo, en la comunión fraterna: cuando un creyente no puede hablar libremente con otro hermano sobre una situación que lo aflige, se le está cortando el acceso a uno de los medios de gracia más preciosos que Dios ha dado a su pueblo.
Lo que esta enseñanza produce, en realidad, se parece mucho más a las creencias paganas de tiempos antiguos que a la fe bíblica. Un Dios que es protector y garantía de su pueblo no necesita que sus hijos caminen en silencio temeroso ante las palabras. Esa clase de temor no honra a Dios; lo desplaza, poniendo en el lugar de la soberanía divina el poder mágico de lo que se pronuncia con los labios.