Miguel Núñez • 28 septiembre, 2017
La apostasía que caracteriza a la iglesia latinoamericana de hoy no es un fenómeno nuevo ni accidental: tiene una causa identificable. La distorsión del Evangelio ha sido el arma del enemigo desde los primeros días de la iglesia, y sus efectos siempre han sido los mismos: una iglesia que pierde su poder y su identidad. En Galacia se predicaba "otro evangelio" que en realidad no lo era. En Corinto, el Evangelio se comercializaba. En Colosas se mezclaba con filosofías humanas. En Filipos había quienes eran abiertamente enemigos de la cruz. Veinte siglos después, el patrón no ha cambiado.
Lo que sí queda claro es que no todas las distorsiones son igualmente evidentes. Hay evangelios diluidos, evangelios centrados en el hombre, evangelios reducidos a una fórmula sentimental como "invitar a Cristo al corazón". Ninguno de estos es el Evangelio verdadero. El Evangelio es uno solo: Jesucristo cumplió la ley perfectamente, murió en la cruz por nuestros pecados, resucitó al tercer día venciendo el pecado y la muerte, y hoy reina glorioso a la diestra del Padre. Ese mensaje, y no otro, es el poder de Dios para salvación.
La iglesia que abandona ese mensaje puede seguir reuniéndose, puede tener programas y actividades, pero ha dejado de ser iglesia en el sentido verdadero. Y sobre el predicador que se aparta del Evangelio recae una advertencia solemne. La fidelidad al Evangelio no es una opción entre varias: es la condición misma de la existencia de la iglesia.