Miguel Núñez • 14 septiembre, 2017
El éxito según el mundo —la fama, el reconocimiento, las grandes ofrendas— no es el éxito según Dios. Esta tesis número 87 confronta directamente una de las confusiones más profundas en la iglesia latinoamericana de hoy: la idea de que el crecimiento visible es señal de la aprobación divina. La realidad es que muchos líderes y pastores han fracasado precisamente en el momento en que parecían triunfar. Es una paradoja dolorosa: el triunfo se convierte en derrota cuando se alcanza a costa de la fidelidad.
Detrás de esta confusión está lo que Lutero llamó la teología de la gloria: una forma de pensar que evita el dolor, busca la superación personal y quiere la corona antes de la cruz. El teólogo de la gloria, decía Lutero, no conoce al Dios escondido detrás del sufrimiento. En cambio, el teólogo de la cruz es aquel que llega al límite de sus propias fuerzas para entonces clamar a Dios y encontrar en Él la fortaleza verdadera. Nuestra generación, lamentablemente, no quiere saber de ese Dios.
El Señor mismo le definió el éxito a Josué en términos concretos: meditar en su Palabra día y noche, cuidar de hacer todo lo que ella manda, y caminar con valentía sabiendo que Dios está presente. Obediencia es la definición de éxito en el reino de los cielos.
Si eso aún no convence, basta con regresar a Getsemaní y seguir hasta la cruz. Esos dos eventos son la definición más clara y más costosa del éxito cristiano: no ser conocido, sino ser fiel; no buscar la gloria propia, sino dar a conocer el reino de Dios.