Miguel Núñez • 24 agosto, 2017
La imagen del pastor está en crisis. En la iglesia latinoamericana de hoy, el liderazgo pastoral ha sufrido un serio descrédito por la cantidad de hombres que han caído moralmente a lo largo del camino. Esta realidad no es menor: cuando los pastores fallan, no solo ellos quedan en evidencia, sino que el testimonio de la iglesia entera se ve afectado. Por eso existe una necesidad urgente e imperiosa de restaurar y levantar esa imagen pastoral.
El apóstol Pablo, escribiéndole a Timoteo —su discípulo más joven—, le entregó un mandato que sigue siendo completamente vigente: "No permitas que nadie desprecie tu juventud. Antes bien, sé ejemplo en palabras, en conducta, en amor, en fe y en pureza." Cada una de esas áreas apunta a una dimensión específica de la vida del líder: lo que dice, cómo se conduce, cómo ama a Dios, a su obra y a su pueblo, lo que cree, y aquello en lo que se deleita —lo que ve, lo que oye, lo que busca.
El pastor Núñez subraya algo que resulta inevitable al escucharlo: el ejemplo no se oye, se ve. La influencia pastoral no descansa principalmente en los sermones, sino en la vida que los sostiene. Por eso Pablo exigía que el pastor, el anciano, el obispo, fuera irreprensible. No se trata de perfección, sino de una vida que no da motivos legítimos de acusación.
El llamado final es personal y directo: recuerda tu vocación y, más aún, recuerda a Aquel que te llamó. Esa memoria es el ancla que sostiene la integridad cuando todo lo demás presiona hacia la caída.