Miguel Núñez • 17 agosto, 2017
Existe una distorsión peligrosa que ha ganado terreno en muchas iglesias latinoamericanas: la idea de que, dado que es Dios quien hace todo en la vida del creyente, el cristiano no tiene ninguna responsabilidad activa en su propia santificación. Esta manera de pensar no es humildad teológica; es desconocimiento de la Palabra de Dios, y sus consecuencias en la vida práctica son serias.
El apóstol Pablo ofrece una imagen poderosa para corregir esta distorsión: la del atleta que corre con una meta clara y pelea sin golpear el aire. Pablo no se limitaba a confiar pasivamente en Dios; golpeaba su propio cuerpo y lo hacía su esclavo, consciente de que en él permanecían pecados remanentes capaces de arrastrarlo si no los sometía con disciplina. La amenaza no era abstracta: incluso las cosas lícitas, decía Pablo, tienen el potencial de dominarnos. El cristiano que vive con pereza espiritual termina siendo seducido y arrastrado por lo que el mundo ofrece, y esa forma de vivir nunca produce verdadera satisfacción.
El pastor Núñez cita al reconocido escritor Jerry Bridges, fallecido en 2016, para señalar el equilibrio que la Escritura exige: la santificación no es producto del mero esfuerzo humano, pero tampoco ocurre simplemente dejando que Cristo viva sin nuestra participación activa. Ambos extremos son errores. El llamado final es concreto y pastoral: ocúpate de tu salvación con temor y temblor, lo que equivale a honrarla con obediencia real y cotidiana.