Miguel Núñez • 10 agosto, 2017
Vivimos en una cultura que busca constantemente a quién culpar por nuestros fracasos morales, y la iglesia no ha escapado a esa tendencia. En lugar de asumir responsabilidad por el pecado, muchos creyentes han adoptado una teología conveniente que señala a los demonios como los responsables principales de sus caídas. Pero esta tesis lo dice con claridad: el problema más profundo del cristiano no está afuera, sino adentro.
El corazón humano es el verdadero campo de batalla. Las palabras de Jeremías 17:9 —que el corazón es engañoso y sin remedio— las reconocemos fácilmente cuando se trata del corazón ajeno, pero nos cuesta aplicarlas al propio. Sin embargo, Jesús enseñó que de la abundancia del corazón habla la boca, y que de nosotros mismos brotan las murmuraciones y las condenaciones que hemos alimentado por dentro. Satanás puede tentar, pero nadie más peca por nosotros.
Toda acción pecaminosa nace de un pensamiento pecaminoso, y todo pensamiento pecaminoso tiene su raíz en una motivación pecaminosa que ya habitaba en el corazón. Las circunstancias de la vida no crean esa iniquidad; simplemente la sacan a la luz. El peor enemigo no acecha desde afuera: lo llevamos con nosotros a todas partes, en todo momento.
Por eso, la respuesta no es buscar más demonios que expulsar. Hay suficiente iniquidad en el corazón humano como para explicar el comportamiento más vergonzoso. El llamado es uno solo: arrepentirse y regresar a la cruz.