Miguel Núñez • 20 julio, 2017
Que una profecía no se cumpla no es un detalle menor ni un error excusable: es la marca definitoria de un falso profeta. Esto es lo que esta tesis número 79 plantea con claridad para la iglesia latinoamericana de hoy, en un tiempo en que abundan personas que proclaman palabras "en el nombre del Señor" y multitudes que las siguen con entusiasmo sorprendente.
La respuesta a este fenómeno no viene de la opinión humana, sino de la misma Palabra de Dios. En Deuteronomio 18:20–22, Dios estableció desde tiempos de Moisés un criterio simple y contundente: si lo que un profeta anuncia no acontece ni se cumple, esa palabra no vino de Dios. Fue pronunciada con arrogancia, y el pueblo no debe temerle ni seguirle. Este pasaje, escrito semanas antes de que Israel entrara a la tierra prometida, sigue siendo la brújula para discernir las voces que hoy se levantan con pretensiones proféticas.
El problema de fondo es que el falso profeta no conoce la Palabra de Dios. Y porque no la conoce, predica los inventos de su propio corazón. El corazón humano tiene una capacidad extraordinaria para fabricar falsedades, lo cual explica por qué estas profecías nunca cesan. No hay escasez de engaño donde hay ignorancia de las Escrituras.
El llamado final es al discernimiento: un discernimiento que no depende de impresiones ni emociones, sino de la Palabra de Dios y de la iluminación del Espíritu Santo, quien guía al pueblo de Dios a toda verdad. No hay que dejarse confundir.