Miguel Núñez • 14 julio, 2017
La autoridad pastoral no se mide por la elocuencia del predicador ni por el impacto emocional que produce en quienes lo escuchan. Hay una diferencia profunda entre poder y autoridad, y confundir los dos puede llevar a una iglesia a seguir voces que impresionan pero no edifican. El poder tiene que ver con la fuerza y con el dominio sobre las personas; la autoridad, en cambio, tiene que ver con el respeto genuino y con el dominio de la Palabra. Un dictador puede hablar con poder y la gente lo reconoce, pero eso no lo hace una voz con autoridad.
Lo que le da autoridad a un pastor no es su manejo del idioma, ni su destreza en la hermenéutica o la exégesis, ni siquiera el conocimiento de los idiomas originales de las Escrituras. Todas esas cosas son necesarias, pero ninguna de ellas es la fuente de la autoridad. La autoridad verdadera viene del endoso del Espíritu Santo sobre un hombre que ha sido llamado, salvado y enviado a proclamar la Palabra. Y ese endoso se hace visible cuando el predicador no solo domina las Escrituras, sino que vive sometido a ellas.
Mateo 7:28–29 lo ilustra con claridad: cuando Jesús terminó el Sermón del Monte, las multitudes quedaron admiradas porque él les enseñaba como alguien que tiene autoridad, y no como sus escribas. Los escribas tenían conocimiento, tenían tradición, tenían posición religiosa. Pero les faltaba lo que solo viene de lo alto. Esa misma distinción sigue siendo urgente para la iglesia latinoamericana hoy.