Miguel Núñez • 6 julio, 2017
Pertenecer a un ministerio, e incluso dirigirlo, no es garantía de una vida rendida a Dios. Esa es la tensión que esta tesis plantea con claridad: el servicio religioso y la obediencia genuina no son lo mismo, y confundirlos puede ser una de las formas más sutiles de engañarse espiritualmente. Así lo expresó Dios por medio del profeta Samuel cuando confrontó al rey Saúl: "El obedecer es mejor que un sacrificio."
Detrás del servicio pueden esconderse motivos que nada tienen que ver con el amor a Dios. A veces se sirve por la necesidad de sentirse útil, otras por el deseo de ser el centro de atención, y en ocasiones incluso para ganar una seguridad de salvación que no se encuentra en otra parte. Pero el Señor fue directo al respecto: "Si me amáis, obedeced mis mandamientos." El amor verdadero a Dios no se mide por la actividad ministerial, sino por la obediencia. Incluso los fariseos servían, y no eran creyentes.
Las consecuencias de la desobediencia tampoco son pequeñas. Adán desobedeció y echó a perder un planeta entero. Moisés desobedeció y perdió la tierra prometida. Saúl desobedeció y perdió su reino. En cada caso, fue un solo acto, en un solo momento, pero las consecuencias se extendieron por generaciones. La desobediencia no solo empaña el servicio; lo contamina y lo convierte en mal ejemplo para quienes nos rodean.
El llamado final es urgente y personal: si hoy escuchas su voz, no endurezcas tu corazón. La obediencia no puede postergarse sin costo.