Miguel Núñez • 29 junio, 2017
La iglesia latinoamericana ha adoptado en las últimas décadas un vocabulario nuevo: el de la sanación. Tomado en gran medida del mundo secular y de la psicología moderna, este lenguaje ha desplazado silenciosamente a un concepto mucho más antiguo y bíblico: la santificación. La pregunta que subyace a esta tesis es profunda y urgente — ¿necesita el creyente principalmente ser sanado o principalmente ser santificado?
Nadie niega que cada persona llega a Cristo cargando experiencias dolorosas, heridas del pasado y memorias que han dejado marca. Pero esas experiencias no se resuelven simplemente siendo procesadas desde afuera; se redimen desde adentro, a través del trabajo del Espíritu en la Palabra de Dios. La santificación no es un camino alternativo a la sanación — es el camino que produce verdadera sanación. Cuando la Palabra de Dios transforma la mente, renueva los afectos, reordena los sentimientos y libera al creyente del peso del pasado, el resultado es precisamente lo que muchos buscan en consultorios y metodologías terapéuticas.
Pensar que Dios abandonó a su iglesia durante casi veinte siglos, esperando que el hombre del siglo XX descubriera la psicología para poder sanar a su pueblo, es una conclusión que no resiste el peso de la historia ni de la fe. Aunque hay casos de disfunción neurológica genuina que requieren ayuda especializada, la gran mayoría de las luchas del alma encuentran su respuesta en el poder de la Palabra. El llamado final es claro: confiar en Dios, en el Espíritu que mora en el creyente y en la Escritura que santifica, tal como Jesús mismo lo pidió al Padre en Juan 17:17.