Miguel Núñez • 22 junio, 2017
La función del Espíritu Santo en la vida del creyente no es acaparar la atención ni convertirse en el centro de la adoración, sino guiar a toda verdad y glorificar a Jesucristo. Esa fue una de las enseñanzas más importantes que el Señor Jesús compartió con sus discípulos en la noche antes de su crucifixión, en ese momento íntimo y cargado de profundidad que registran los capítulos 13 al 17 del Evangelio de Juan. En esa última conversación, Jesús les dejó en claro quién es el Espíritu y para qué vendría.
Juan 16 enseña que el Espíritu es llamado el Espíritu de verdad, y que su misión es tomar de lo que es de Cristo para glorificarlo. El Padre envía al Espíritu, el Hijo también lo envía, y ambos lo hacen con un mismo propósito: que el Hijo sea exaltado en medio de su iglesia redimida. Al Padre le ha placido que toda esta obra de redención sea para la gloria y la honra de su Hijo, quien dio su sangre por los suyos.
Sin embargo, en gran parte del cristianismo latinoamericano actual se ha producido una inversión preocupante: el Espíritu Santo ha desplazado casi por completo a la persona de Jesús. Se habla del Espíritu constantemente, mientras que Cristo apenas es mencionado. Esto contradice directamente lo que Jesús mismo enseñó sobre la función del Espíritu.
Vivir lleno del Espíritu no significa centrarse en el Espíritu, sino ser capacitado por Él para exaltar a Cristo. El Espíritu ilumina la mente, enciende el corazón con pasión por Jesús y habilita al creyente para hacer exactamente lo que el Espíritu mismo desea: glorificar al Hijo que dio su vida por nosotros.