Miguel Núñez • 8 junio, 2017
Perdonar no depende de que la otra persona lo pida. Esa es la tesis que el pastor Núñez plantea desde el comienzo, recordando la sorpresa que le causó escuchar a alguien enseñar lo contrario. La idea de que el perdón puede quedar retenido hasta que el ofensor lo solicite choca directamente con lo que la Palabra de Dios muestra en los momentos más intensos de la historia redentora.
El ejemplo más contundente es el de Cristo en la cruz. Nadie le estaba pidiendo perdón en ese momento; al contrario, todos lo acusaban. Y sin embargo, desde allí extendió el perdón con las palabras: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen." Para quien pudiera pensar que eso era posible solo porque Jesús era Dios, está el ejemplo de Esteban, un hombre como cualquier creyente, que mientras lo apedreaban hasta la muerte pronunció exactamente las mismas palabras. El perdón no era un privilegio divino exclusivo; era una expresión del carácter de Dios formado en un ser humano.
Perdonar es, entonces, una respuesta al llamado de Dios, no una reacción al arrepentimiento del otro. No se perdona para que el ofensor reconozca su falta ni para cambiar su actitud. Se perdona porque eso es lo que corresponde al carácter de Dios reflejado en sus hijos, y porque quien más recibe el beneficio del perdón es precisamente quien perdona.
Los bienaventurados que procuran la paz entre personas llevan ese título porque han dejado que Dios transforme su corazón. Perdonar cambia al que perdona antes que al que recibe el perdón.