Miguel Núñez • 27 octubre, 2023
Judaizar el culto cristiano —introducir elementos del judaísmo en la adoración— no es una práctica bíblica. Esta es la afirmación central de la tesis número 72 para la iglesia latinoamericana de hoy. El argumento parte de un hecho consumado en la cruz: cuando Jesús dijo "consumado es", algo terminó de manera definitiva. La era de la ley llegó a su fin porque Cristo la cumplió cabalmente, e inauguró en su sangre un nuevo pacto que nos introduce a la era de la gracia.
Sin embargo, desde la década de 1970, muchos cristianos comenzaron a entusiasmarse con prácticas provenientes del judaísmo. Canciones, nombres de Cristo en hebreo, danzas y otros elementos fueron ingresando poco a poco en los cultos, judaizando la adoración. Quienes los han adoptado no han comprendido que el judaísmo no fue abolido arbitrariamente, sino que fue cumplido y continuado por el cristianismo. El cristiano no regresa al judaísmo; vive la plenitud de lo que el judaísmo anticipaba.
El pastor Núñez reconoce que estos elementos no son necesariamente pecaminosos en sí mismos, pero señala que el peligro real está en el énfasis que generan: un énfasis que desplaza la gracia hacia las obras de la ley. El riesgo es terminar como los gálatas, que habiendo comenzado por el Espíritu quisieron completar su fe mediante las obras, como si la circuncisión u otras prácticas pudieran añadir algo a la obra completa de Cristo.
La advertencia final es clara: no contaminemos la gracia de Dios mezclándola con elementos que señalan hacia lo que la ley exige, como si el poder de la gracia necesitara ser complementado por algo más.