Miguel Núñez • 25 mayo, 2017
Ponerse la armadura de Dios antes de salir de casa, como si fuera un ritual diario que el creyente activa con su voluntad, es un malentendido profundo de lo que Pablo quiso enseñar en Efesios 6. La armadura de Dios no es un uniforme que el cristiano se coloca y se quita; es un estado de vida, una realidad que Dios mismo otorga a quienes forman parte de su familia. No es algo que el hombre crea, inventa ni manipula.
Para entenderla bien, hay que volver a la metáfora que Pablo usó: el uniforme del soldado romano. Cada pieza de ese equipo tenía una función concreta, y Pablo la tradujo en términos de la vida cristiana. El cinto, que sostenía toda la armadura y sujetaba la espada, representa la verdad: andar en ella y conocerla es lo que mantiene todo lo demás en su lugar. La coraza protegía el tórax —donde están el corazón y los órganos vitales— y habla de la rectitud moral que Cristo da, esa justicia que el creyente cuida viviendo en santidad. El yelmo cubre la cabeza, es decir, los pensamientos; porque como el hombre piensa, así él es.
De todas las piezas de esta armadura, solo una es ofensiva: la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios. Con ella el creyente puede afirmarse, rechazar el error y hacer frente a los falsos maestros. Los calzados, por su parte, representan el evangelio: ese mensaje que el cristiano lleva consigo y con el que puede guerrear contra la incredulidad.
La guerra espiritual, entonces, no se gana con fórmulas ni rituales. Se pelea andando en verdad, en santidad, renovando la mente y llevando el evangelio. Todo eso es la armadura —no del hombre, sino de Dios.