Miguel Núñez • 18 mayo, 2017
Congregarse en la iglesia no garantiza que alguien esté espiritualmente bien, pero dejar de congregarse es una señal clara de que algo no marcha bien. Estas dos verdades, lejos de contradecirse, forman juntas una advertencia necesaria para la iglesia latinoamericana de hoy. Hay quienes asisten fielmente al culto del domingo, al estudio del miércoles y al grupo pequeño, y en esa participación encuentran la seguridad de que su vida espiritual está en orden, cuando en realidad es posible estar presente en todas esas actividades sin haber experimentado siquiera la conversión. La asistencia no es evidencia suficiente de salud espiritual.
Pero el peligro opuesto es igualmente real. Muchos creyentes han llegado a convencerse de que pueden sostener una vida cristiana sólida sin congregarse, escuchando sermones por internet o adorando desde casa. El pastor Núñez lo ilustra con una imagen sencilla pero poderosa: un hombre puede estar casado sin vivir con su esposa, pero ese matrimonio no tendrá calidad. De la misma manera, un cristiano que rechaza congregarse se priva del enriquecimiento que solo la comunidad puede dar: hermanos que animan en el desánimo, que confrontan cuando algo no anda bien, que contribuyen al crecimiento mutuo en la fe y la obediencia.
La congregación no es una actividad opcional ni un suplemento espiritual. Es uno de los medios de gracia que Dios ha dispuesto para el crecimiento, el beneficio y la santificación de su pueblo. Por eso el llamado final es directo: quien no esté viviendo así, que regrese a la cruz, pida arrepentimiento al Señor y retome el uso de aquello que Él mismo ha entregado para nuestra vida en comunidad.