Miguel Núñez • 27 octubre, 2023
La enseñanza parte de una convicción clara: la práctica conocida como "proclámalo y recíbelo" no es una expresión de fe bíblica, sino una distorsión de la Palabra de Dios. Proclamar algo con los labios, por mucho que se repita o se afirme con intensidad, no tiene el poder de convertirlo en realidad. Lo que no corresponde a la voluntad de Dios sencillamente no acontecerá, sin importar cuántas veces sea declarado.
La raíz del problema está en una confusión fundamental: creer que la palabra del hombre posee el mismo poder creador que la Palabra de Dios. Pero esa equivalencia es imposible. Fue Dios quien habló y el mundo fue formado; fue por medio de su Palabra que todo cuanto existe llegó a ser. El hombre, en cambio, es una criatura caída, pecaminosa e insuficiente, absolutamente incapaz de crear realidades con sus propias declaraciones. Atribuirle ese poder a la voz humana no es fe: es una ilusión vacía.
El camino correcto no es proclamar lo que uno desea, sino confiar en la voluntad de Dios, que es buena, agradable y perfecta. La promesa que sostiene esta confianza está en 1 Juan 5:14: cuando pedimos conforme a su voluntad, Él nos oye. Lo que Dios ha decretado acontecerá, porque su Palabra nunca vuelve vacía. La palabra del hombre, en cambio, carece de ese poder por sí misma.
Por eso, el llamado final es a regresar a la Palabra que fue entregada desde los tiempos antiguos a los apóstoles y profetas. Esa es la única fuente confiable para el creyente de hoy.