Miguel Núñez • 20 abril, 2017
Vivimos en una época en la que se habla mucho del Evangelio, pero lo que con frecuencia se presenta bajo ese nombre no es el Evangelio verdadero. Esa es la tensión que abre esta enseñanza: el problema no es el silencio sobre el Evangelio, sino su tergiversación. Algunos lo reducen a una simple invitación sentimental a Cristo; otros lo convierten en un permiso para vivir sin compromiso, una gracia barata que no transforma; y otros lo desfiguran convirtiéndolo en un sistema de reglas y normas que termina en legalismo. Ninguna de esas versiones es el Evangelio.
El Evangelio es, ante todo, un mensaje: la proclamación de buenas nuevas. Esas buenas nuevas anuncian que Cristo vino a ofrecer salvación al hombre que nace en condición de pecador y bajo condenación. Ese mensaje descansa sobre hechos históricos concretos: la vida de Cristo, con la que cumplió perfectamente la ley de Dios; su muerte en la cruz, donde murió en lugar del pecador; y su resurrección al tercer día. El pastor Núñez ancla esto en 1 Corintios 15, donde Pablo, al querer definir el Evangelio de forma objetiva, lo resume precisamente en esos hechos: Cristo murió conforme a las Escrituras y resucitó conforme a las Escrituras.
Entender verdaderamente el Evangelio tiene consecuencias prácticas e inevitables. Quien lo comprende no solo agradece la muerte de Cristo por sus pecados, sino que desea honrar con su vida la santidad que esa muerte exigió y la ley que Cristo cumplió. El Evangelio no termina en el perdón; comienza allí y conduce a una vida de santidad. La invitación es clara: estúdialo, revísalo y ve y predícalo.