Miguel Núñez • 25 julio, 2017
El bautismo ha perdido peso en muchas iglesias de hoy, y la razón suele ser esta: como no es requisito para la salvación, se le trata como algo opcional, casi secundario. Pero esa comprensión es incompleta. El bautismo no es simplemente un ritual sin consecuencias prácticas; es el testimonio público de que alguien ha creído y depositado su fe en Cristo Jesús. Y esa dimensión de testimonio tiene implicaciones directas para la vida de la iglesia, especialmente para la Cena del Señor.
Cuando Cristo dejó la Gran Comisión antes de ascender al cielo, vinculó de manera inseparable el discipulado con el bautismo. Ir y hacer discípulos significaba también bautizarlos. Si la mesa del Señor es para verdaderos discípulos, y el discipulado está inherentemente ligado al bautismo, entonces participar de la Cena sin haber sido bautizado es una contradicción: se celebra una conversión que nunca ha sido confesada públicamente. Tampoco resuelve esto el haber sido bautizado de niño antes de creer, pues el bautismo que la Palabra enseña es precisamente el testimonio de una fe ya depositada en Cristo.
Participar de la Cena del Señor es un momento de intimidad y comunión dentro de la familia de la iglesia. Es el espacio donde quien ya ha dado testimonio público de su conversión puede celebrar esa pertenencia. Por eso el bautismo no es un paso menor que puede postergarse indefinidamente.
El pastor Núñez llama a las congregaciones a revisar sus prácticas con honestidad. Reconocer que algo se ha hecho de manera incorrecta no invalida el trabajo hecho ni la identidad de la iglesia; es simplemente una muestra de humildad y de crecimiento en el entendimiento de la Palabra.