Miguel Núñez • 16 marzo, 2017
Vivimos en medio de una revolución moral que tiene sus raíces en el feminismo de los años 60, y sus efectos no se han quedado fuera de la iglesia. En Latinoamérica, la falta de sujeción de la esposa a su esposo se ha vuelto algo epidémico, al punto de que muchas congregaciones operan más bajo el liderazgo femenino que bajo el orden masculino que Dios estableció. Esta tesis confronta esa realidad con claridad: la mujer que no se sujeta a su marido de manera bíblica no está simplemente tomando una decisión personal, sino que está pecando contra Dios.
El fundamento está en Efesios 5:22, donde la Palabra llama a las esposas a sujetarse a sus maridos "como al Señor". Esa pequeña frase lo cambia todo: la sujeción no es principalmente hacia el esposo, sino hacia el Señor que ha diseñado el hogar de esta manera. Y ese diseño no es arbitrario. En toda la creación hay un orden jerárquico, y el ejemplo más elevado está en la propia Trinidad: el Hijo se somete al Padre, el Espíritu es enviado por ambos, y sin embargo los tres son iguales en carácter, atributos y dignidad. De la misma forma, la sujeción de la esposa no implica inferioridad, sino función.
Este mismo principio se aplica en otros ámbitos: los hijos se someten a sus padres, los ciudadanos a sus autoridades, aunque muchas veces sean moralmente superiores a ellas. La sujeción trabaja el orgullo, forma el carácter y convierte al creyente en verdadero siervo. El pastor Núñez lo dice con calidez y dirección a la vez: vivir en esta sujeción no empobrece a la esposa, sino que la beneficia, y le permite recibir más de Dios y más de su esposo al ejercer fielmente la función que Dios le ha dado.