Miguel Núñez • 2 marzo, 2017
La improvisación en el ministerio no es una señal de dependencia del Espíritu Santo, sino una falta de seriedad ante la responsabilidad de guiar al pueblo de Dios. Esta idea, ampliamente extendida en la cultura latinoamericana, ha penetrado en muchas iglesias bajo la creencia de que llegar al púlpito sin preparación alguna demuestra mayor confianza en Dios. Sin embargo, lejos de honrarlo, esa actitud lo deshonra.
El propio carácter de Dios refuta esta idea. Él no ha improvisado absolutamente nada de lo que ha ocurrido ni ocurrirá en la historia. Desde la eternidad ha planificado sus propósitos, y Efesios 2.10 lo confirma: somos criaturas hechas en Cristo Jesús para hacer buenas obras que Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas. Si un Dios omnisciente, todopoderoso y sabio se toma el tiempo de preparar sus obras, cuánto más deberían hacerlo sus hijos, con todas sus limitaciones, apartando tiempo en oración y bajo la dirección del Espíritu.
Esa preparación no se limita al sermón. Abarca la adoración, las canciones, la coherencia entre los himnos y el mensaje, las reuniones de asamblea, los estudios bíblicos y cualquier otra actividad del cuerpo. Todo lo que se hace en el nombre de Dios debe reflejar la excelencia que le es propia.
Esto no niega que Dios pueda actuar soberanamente en momentos donde no hubo preparación posible. Pero esas son excepciones que le pertenecen a Él. Nuestra responsabilidad es planificar fielmente, y dejarle a Dios las sorpresas.