Miguel Núñez • 24 febrero, 2017
Recibir a Cristo como Salvador sin reconocerlo como Señor no es una opción válida dentro del cristianismo bíblico. Esta idea, que se popularizó desde la década de 1970 a raíz de una gran controversia teológica, presenta una separación artificial entre el Señorío y la salvación de Cristo. Sin embargo, esa separación es completamente ajena a la historia de la iglesia. Los creyentes de los primeros siglos lo entendían con una claridad que a veces costaba la vida: preferían morir antes que llamar "señor" al César, porque ese título le pertenecía únicamente a Cristo, su Salvador.
Las propias palabras de Jesús en Mateo 7.21 dejan poco margen para la ambigüedad: no basta con llamarle "Señor" de palabra si esa confesión no se traduce en obediencia a la voluntad del Padre. El que realmente ha sido salvo vive bajo el Señorío de Cristo. No son dos realidades separadas que se puedan escoger por partes, sino una sola realidad que se recibe completa.
El problema que el pastor Núñez señala con urgencia es el del creyente que hizo una profesión de fe, pero cuya vida sigue marcada por hábitos pecaminosos y áreas que permanecen completamente fuera del señorío de Cristo. Ante ese cuadro, la pregunta que vale la pena hacerse no es cómoda, pero sí necesaria: ¿estoy realmente en un estado de salvación?
Hay algo peor que no ser salvo, y es creerse salvo sin serlo. Por eso este mensaje termina con un llamado directo a la autoexaminación a la luz de la Palabra, sin postergarlo.