Miguel Núñez • 16 febrero, 2017
La manipulación de la siembra y la cosecha es una de las distorsiones más peligrosas que circulan hoy en la iglesia latinoamericana. La idea de que un creyente puede sembrar dinero o bienes materiales para obligar a Dios a devolverlos multiplicados no tiene raíces en la historia del cristianismo ni en las Escrituras. Es una enseñanza completamente nueva, que solo ha podido prosperar en una iglesia marcada por el materialismo y el egocentrismo, alejada de Dios y de su Palabra.
Lo que hace tan grave esta distorsión es que coloca al ser humano en una posición de control sobre Dios. Se habla de "pactar" con Él, de establecer condiciones que lo obliguen a actuar, e incluso —como el pastor Núñez señala haber escuchado— de "endeudar a Dios", tomando préstamos contando con que Él los pagará. Hace apenas cincuenta años, ideas como estas habrían escandalizado a cualquier congregación. Hoy, sin embargo, son tan comunes que muchos las siguen sin cuestionarlas, impulsados por el deseo de controlar sus propias vidas y finanzas.
La raíz del problema es la ausencia de una mente bíblica. Nacer de nuevo no garantiza automáticamente pensar de manera bíblica; eso se logra saturando la mente con la Palabra de Dios y permitiendo que ella la renueve. Sin ese proceso, el creyente terminará viviendo de manera carnal, centrado en sí mismo en lugar de en el Espíritu.
Cuando la Biblia habla de sembrar y cosechar, se refiere a frutos espirituales o de la carne, no a transacciones financieras con Dios. La invitación es clara: entrar a la Palabra, pensar con honestidad, orar y arrepentirse.