Miguel Núñez • 27 octubre, 2023
Anunciar de antemano un "día de milagros" es, en el fondo, pretender dictarle a Dios cuándo y cómo debe actuar. Esta práctica, cada vez más común en la radio y en eventos evangélicos de América Latina, revela un pensamiento egocéntrico y antropocéntrico que coloca al hombre en el lugar que solo le corresponde a Dios. No se trata de negar que Dios siga haciendo milagros hoy —el pastor Núñez es claro en afirmar que cree en un Dios que actuó ayer y sigue actuando hoy— sino de rechazar la idea de que el ser humano pueda programar lo sobrenatural a su conveniencia.
Este error no es nuevo. El pueblo judío cayó en la misma trampa: constantemente le pedía señales a Cristo, exigiendo demostraciones del poder divino como condición para creer. Jesús mismo les advirtió que no habría más señales, salvo la de Jonás —tres días en el vientre del pez, imagen de su propia muerte y resurrección. Pablo recogió esa misma tensión al escribir a los Corintios: los judíos buscan señales, los griegos buscan sabiduría, pero el mensaje cristiano es Cristo crucificado, piedra de tropiezo para unos y necedad para otros.
Esa orientación cristocéntrica es precisamente lo que debe caracterizar al predicador de hoy. El púlpito, la enseñanza, la iglesia entera debe girar alrededor de Cristo, no alrededor de experiencias extraordinarias. Las señales no produjeron fe en el pueblo judío, y no la están produciendo ahora. La fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Cristo —ese es el único medio que Dios ha designado para transformar el corazón humano.