Miguel Núñez • 27 octubre, 2023
La adoración verdadera no es simplemente música con contenido cristiano. Esa confusión, tan común en la iglesia latinoamericana de hoy, es precisamente el punto de partida de esta tesis: hemos reducido la adoración a una experiencia sonora, cuando en realidad es la rendición total de todo lo que el ser humano es a todo lo que Dios es. Mente, corazón, emociones y cuerpo, todo puesto delante de Aquel que merece mucho más de lo que cualquier criatura puede ofrecerle.
Las Escrituras nos muestran el patrón. En Isaías 6, los serafines creados para ministrar en la presencia de Dios se cubrían el rostro porque no podían soportar la luz que emanaba de su santidad. En Apocalipsis 4 y 5, toda la creación y los seres angelicales cantan "santo, santo, santo" mientras adoran al Padre y exaltan al Cordero que fue inmolado por nuestros pecados. Esa adoración es reverente, majestuosa y cristocéntrica, y es el modelo al que la iglesia debe aspirar.
Uno de los señalamientos más directos de esta enseñanza recae sobre el púlpito. Cuando la predicación exalta y engrandece a Dios, los oyentes quedan preparados para rendirle todo lo que son. El problema de una adoración superficial, entonces, no comienza en el equipo de alabanza sino en la predicación misma.
El pastor Núñez cierra con un llamado concreto: revisar las líricas que se cantan en la iglesia. No pueden sonar como canciones románticas dirigidas a Dios; deben contener verdades que solo tengan sentido cantadas a Él, con la gloria de Dios y la exaltación de su Hijo como centro absoluto.