Miguel Núñez • 5 enero, 2017
Vivimos en medio de una crisis de liderazgo que se hace sentir en todos los niveles: en los gobiernos, en las instituciones y también dentro de la iglesia. Pero esta crisis no es nueva ni accidental. Tiene raíces profundas en el fracaso del hombre a lo largo de los siglos para ejercer el liderazgo espiritual que Dios le asignó desde la creación. Cuando hay un vacío de liderazgo, algo viene a llenarlo, y no siempre es algo que corresponde al diseño original de Dios.
Desde el principio, Dios creó a Adán, le dio instrucciones para labrar y cuidar el huerto, y luego trajo a Eva como ayuda idónea, igual en dignidad, pero con un rol diferente. A lo largo de toda la historia redentora —en los profetas, los sacerdotes, los apóstoles, e incluso en la manera en que Dios mismo se revela como Padre y envía a un Hijo— el patrón es consistente: Dios ha llamado al hombre a liderar. El apóstol Pablo lo confirma en 1 Timoteo 2 al escribir, por inspiración del Espíritu, que no permite que la mujer enseñe o ejerza autoridad sobre el hombre.
Esto no habla de inferioridad. Muchas mujeres poseen dones, capacidades y aptitudes notables para liderar. Pero se trata de honrar un diseño sabio y santo, no de medir capacidades. Cuando el hombre respeta ese diseño —aunque no lo comprenda en toda su dimensión— él es bendecido y la iglesia también lo es.
El llamado es claro: los hombres deben retomar, con mansedumbre y humildad, el liderazgo espiritual en el hogar, en la nación y en las iglesias. Volver al patrón bíblico no es solo una cuestión de corrección doctrinal; es el camino para glorificar a Dios y disfrutar los beneficios de su diseño.