Miguel Núñez • 13 febrero, 2016
Los oficios de apóstol y profeta no son para el día de hoy. Esa es la afirmación central de esta tesis, y merece ser tomada en serio precisamente porque hay tantas voces en el mundo cristiano latinoamericano que reclaman esos títulos con aparente autoridad. La pregunta no es menor: si alguien se presenta hoy como apóstol o profeta, ¿bajo qué criterio y bajo qué autoridad de la Palabra puede sostenerse ese reclamo?
La respuesta parte de lo que Pablo dejó escrito en Efesios: el fundamento de la iglesia fue establecido sobre los apóstoles y los profetas, siendo Cristo la piedra angular. Y el fundamento, por definición, se pone una sola vez. Nadie construye la base de un edificio dos veces. Lo que hacemos hoy es edificar sobre lo que ya fue establecido, no volver a ponerlo.
Los criterios que el apóstol Pedro estableció para reemplazar a Judas son también reveladores: el candidato debía haber estado con ellos desde el principio y haber sido testigo ocular de la resurrección. Pablo mismo cumplió esos requisitos de manera extraordinaria: fue testigo directo del Cristo resucitado y recibió su enseñanza por revelación directa de Jesucristo. Esa clase de credenciales no está disponible hoy.
Quienes hoy adoptan el título de apóstol o profeta no tienen el llamado, la estatura ni el oficio que tuvieron aquellos que Dios escogió para una función irrepetible: traer su revelación y establecer su iglesia. Reconocer esto no empobrece a la iglesia; la protege.