Miguel Núñez • 22 diciembre, 2016
La iglesia no es un centro de entretenimiento. Esa es la tensión que esta tesis plantea desde el inicio: muchos creyentes miden la calidad de una congregación por cuánto disfrutan cuando asisten, cuando en realidad la verdadera medida está en la centralidad de la Palabra, en una predicación cristocéntrica, y en la manera en que Dios es honrado y exaltado en la adoración. El propósito número uno de la iglesia es la gloria de Dios, y la manera primaria de glorificarle es exaltando su nombre a través de la exposición de su Palabra.
El libro de los Hechos nos muestra con claridad lo que Dios considera que es la iglesia. Desde el primer capítulo, el Espíritu Santo desciende con poder, porque sin su presencia no hay iglesia verdadera. A medida que avanza el relato, aparece una comunidad de creyentes que comparte un mismo corazón, una misma alma y un mismo sentir. El Espíritu que mora en ellos los une de una manera especial, y esa unidad se expresa en los sacramentos —el bautismo y la santa cena— y en la vida compartida entre hermanos.
La iglesia, entonces, no es una institución ni simplemente un grupo de personas que cantan. Es un pueblo redimido a precio de sangre que, cuando se reúne a escuchar la Palabra y sale a vivir conforme a ella, tiene la capacidad de hacer tambalear las puertas del infierno. No por sus propias fuerzas, sino por el poder de Dios que mora en cada uno de sus miembros.