Miguel Núñez • 16 diciembre, 2016
Una de las debilidades más profundas de la iglesia latinoamericana de hoy es que ha colocado al hombre en el centro de todo: del plan de redención, de la predicación, de la vida cristiana. Esta tendencia, conocida como antropocentrismo, ha desplazado a Dios del lugar que le corresponde y ha distorsionado la comprensión de para qué existimos y por qué fuimos creados.
Sin embargo, la Biblia es clara de principio a fin: el centro de toda la creación y de toda la historia de la redención es Dios mismo. Desde el primer versículo del Génesis, donde Dios crea los cielos y la tierra, hasta el cuadro final del Apocalipsis, donde todos los redimidos rodean el trono alabando a Dios con honor, gloria y poder, la Escritura apunta en una sola dirección. Isaías 43:7 lo confirma sin ambigüedades: fuimos creados para su gloria.
Esta verdad no es solo teológica, es profundamente práctica. Cada avivamiento genuino en la historia de la iglesia que produjo transformación real en las comunidades fue impulsado por una predicación cristocéntrica, donde la cruz ocupaba el centro y el hombre era reconocido como beneficiario, no como protagonista. Cuando Dios es glorificado primero, el hombre florece; pero cuando el hombre se convierte en el fin último, Dios no es honrado y la iglesia pierde su poder.
Por eso el llamado es urgente: que la iglesia recobre la diocentricidad en todo, no solo en la predicación, sino en la crianza de los hijos, en el ejercicio de la profesión, en el matrimonio. Quien busca primero la gloria de Dios descubre que esa búsqueda es, paradójicamente, la fuente de su mayor gozo y satisfacción.