Miguel Núñez • 8 diciembre, 2016
Uno de los grandes desórdenes en la iglesia latinoamericana de hoy es el mal uso y abuso de los dones del Espíritu Santo. No se trata simplemente de un debate teológico sobre si ciertos dones están vigentes o no —debate en el que personas serias y ortodoxas sostienen posiciones distintas— sino de algo más urgente: la manera en que estos dones están siendo ejercidos con frecuencia contradice abiertamente lo que la Palabra de Dios establece.
Los dones espirituales son capacidades especiales que Dios confiere al creyente al momento de su nuevo nacimiento o posteriormente, y su propósito es la edificación del cuerpo de Cristo. Cuando su uso no produce esa edificación, simplemente no corresponde al diseño de Dios. La misma Escritura es clara al respecto: en 1 Corintios 14, el apóstol Pablo establece pautas precisas para el don de lenguas —no más de dos o tres personas, en orden, y con intérprete—, y declara que Dios no es un Dios de confusión, sino de paz.
Sin embargo, lo que se observa en muchas congregaciones es exactamente lo contrario: multitudes hablando en lenguas sin nadie que interprete, personas danzando supuestamente bajo el control del Espíritu mientras tumban sillas, todo en medio del caos. El pastor Núñez es directo: cuando lo que ocurre en una reunión contradice lo que la Palabra revela sobre los dones, no estamos ante una manifestación genuina del Espíritu. Dios no puede revelar una verdad y luego contradecirse.
El llamado es claro: volver a la Palabra de Dios para entender qué son los dones, para qué sirven y cómo deben usarse.