Miguel Núñez • 17 noviembre, 2016
El bautismo no salva. Esa es la afirmación central de esta tesis, y es también una de las convicciones que los reformadores del siglo XVI defendieron con fuerza frente a la enseñanza de Roma. La iglesia católica sostenía —y sigue sosteniendo— que en el momento del bautismo infantil ocurre una infusión especial de gracia que otorga perdón y salvación. Bajo esa lógica, cuando el niño crece y comete pecados mortales, esa gracia queda destruida y debe ser recuperada mediante obras, oraciones y prescripciones sacerdotales. La Palabra de Dios, sin embargo, enseña algo completamente diferente.
El bautismo no precede a la fe, sino que la supone. Para ser bautizado, primero es necesario haber creído en Cristo como Señor y Salvador. La historia del eunuco etíope en Hechos 8 lo ilustra con claridad: cuando el eunuco, tras escuchar la explicación de Felipe sobre Isaías, ve agua y pregunta qué le impediría ser bautizado, la respuesta de Felipe es directa y sin rodeos: si crees de todo corazón, bien puedes. La única condición para el bautismo es la fe genuina en Cristo.
Lo que el bautismo representa, entonces, es una salvación que ya ocurrió, no una que ocurre en ese instante. Bajar a las aguas simboliza que la vida de pecado ha quedado atrás; subir de ellas simboliza que se ha recibido vida nueva. Todo esto se declara ante una comunidad de creyentes como testimonio visible del cambio que Cristo ya ha operado en el corazón del creyente, por la sangre del Cordero derramada para el perdón del pecado.