Miguel Núñez • 27 octubre, 2023
No existe ningún mediador entre Dios y el hombre, excepto Cristo Jesús. Esta verdad, que estuvo en el corazón de la Reforma Protestante, sigue siendo tan necesaria hoy como lo fue hace cinco siglos. A las puertas del 500 aniversario de aquel movimiento, muchos creyentes desconocen qué motivó la protesta de Lutero y otros reformadores. Aunque en apariencia se trataba de la venta del perdón a cambio de dinero, detrás había un entramado de creencias que necesitaban ser examinadas a la luz de las Escrituras, entre ellas la idea de que un sacerdote humano podía actuar como puente necesario entre el pecador y Dios.
La Palabra de Dios responde con claridad en Hebreos 10:14: por una sola ofrenda, Cristo hizo perfectos para siempre a los que son santificados. La obra de redención quedó completamente terminada en la cruz. Cuando Cristo declaró "consumado es", nada quedó pendiente, nada por añadir. El único camino al perdón desde ese momento es venir delante de Dios con un corazón contrito y humillado, confiando en su gracia, su misericordia y los méritos de Cristo obtenidos a favor de todo pecador que así se acerca.
La revelación divina es consistente en este punto: Cristo es nuestro abogado delante del Padre y nuestro sumo sacerdote que intercede por nosotros desde su lugar a la diestra de Dios. No hace falta ningún otro intermediario humano.
Por eso, la llamada a la reforma no se dirige únicamente a la iglesia de Roma, sino también a la iglesia evangélica, que en muchos lugares ha ido abandonando estas verdades fundamentales. El llamado es volver a la Palabra y escudriñar lo que Dios ha revelado.