Miguel Núñez • 3 noviembre, 2016
Quinientos años después de que Martín Lutero clavara sus 95 tesis en la puerta de la catedral de Wittenberg, la iglesia latinoamericana enfrenta una realidad que debería provocar urgencia y dolor: la ignorancia espiritual y la idolatría que motivaron la Reforma protestante siguen tan presentes como entonces. Entre el 70 y el 90 por ciento de la población latinoamericana todavía no conoce el camino de salvación que Dios ha revelado en su Palabra, y continúa confiando en sus propias buenas obras para alcanzar el reino de los cielos.
Sin embargo, las Escrituras son claras. Efesios 2:8–9 declara que la salvación es por gracia, mediante la fe, como don de Dios y no por obras, para que nadie se gloríe. Esta verdad, que Lutero defendió con valentía hace cinco siglos, sigue siendo negada en la práctica por millones de personas que depositan su confianza en ídolos que, como recuerda el Salmo 115, tienen boca pero no hablan, ojos pero no ven, oídos pero no escuchan. Y quienes en ellos confían, advierte el salmista, se volverán semejantes a ellos.
La raíz del problema no ha cambiado: la gente sigue eligiendo la tradición y el veredicto del hombre por encima de la Palabra de Dios. Por eso la convicción que sostiene esta tesis es que solo la Escritura tiene autoridad para atar la conciencia de cada ser humano. Ese principio —Sola Scriptura— no es un eslogan histórico, sino el grito de batalla que la iglesia latinoamericana necesita hacer propio hoy. Sin él, la iglesia se hunde.